CAPÍTULO 15: En la iglesia de los ángeles


Un año cabal transcurrió desde que padre e hija visitaron la tumba de la reina Leonor en la apacible abadía de Fontevrault. Aquella memorable jornada, que coincidió con el solsticio de invierno, debía reproducirse de nuevo pero en otra localidad cuyo destino demoró Julius en revelar. No obstante, cuando ya fue inevitable desvelarlo, se obstinó entonces, entre arranques de incontenida excitación y agónica ansiedad, para programar la llegada al templo coincidiendo exactamente con el nuevo ciclo estacional de manera que, tras una escrupulosa planificación del viaje, ambos pudieran entrar en la iglesia el mismo día en el que lapso de tiempo que discurre entre el orto y el ocaso del sol alcanza la mínima duración. Así fue, con estos extravagantes condicionantes, como ambos arribaron en una fría y neblinosa tarde de diciembre a la villa cántabra de San Vicente de la Barquera.  

¡Dios mío, ahora nos toca desplazarnos a la exótica y salvaje España!, ¿adónde me arrastrará después mi pobre padre con estas estrafalarias peregrinaciones? -se preguntaba interiormente la joven dama- ¿acaso terminaremos en Transilvania o en Ceylán? Ignorando la ubicación de aquella localidad, con innegable nerviosismo y no menos pesadumbre, buscó en un atlas dónde se situaba el pueblo marinero al que debían encaminarse en poco tiempo para llegar, así lo murmuraba de forma constante y ansiosa el caballero, a la iglesia de los ángeles. Catherine, cada vez más abrumada, sentía con creciente preocupación el despliegue de misteriosas manías que se prodigaban en la conducta paterna, una conducta que ya empezaba a considerarse, sin muchos disimulos, como una evidente vesania. Miradas cómplices, que ella descubría entre la servidumbre, rumores que circulaban, sottovoce, entre los proveedores que acarreaban suministros a la casa, cotilleos descarados que se vociferaban en las ruidosas tertulias de los pubs del pueblo, así como indiscretas preguntas que a menudo se formulaban en la correspondencia que  cursaban abogados, administradores y demás agentes que trabajaban para el señor; en todos los círculos humanos que gravitaban en torno a Saint Albans flotaba la misma cuestión: ¿había enloquecido el señor Julius Wicciff? Catherine adoptaba una actitud distante y altiva ante cualquier conato de insana curiosidad y esgrimía un aparente orgullo que solo era un recurso preventivo para aislarse de aquella presión social que, bien lo sabía ella, flotaba en el ambiente comunitario como una inefable mácula. Sin embargo, ignorante aún de la funesta intencionalidad que se ocultaba tras el repertorio de incomprensibles extravagancias de su padre, reforzadas por el mutismo con el que Julius respondía a las perentorias demandas aclaratorias de su hija, todavía las achacaba a cierto desequilibrio senil, tan prematuro como alarmante, que, así lo creía, amenazaba a su progenitor con hundirlo en la insania si no se ponía remedio con urgencia. Estas consideraciones la habían angustiado y acongojado hasta tal extremo que, dos años antes, Catherine llegó al convencimiento, demorado hasta entonces con evidente renuencia, de que debían intervenir los especialistas apropiados para intentar curar a su padre de aquella enfermedad del alma. Fue así como empezaron a prodigarse otros desplazamientos a Londres. Ya no se trataban de los recidivos viajes para entrevistar a los libreros que abastecían de literatura al señor; tampoco las esporádicas y secretas jornadas en las que, mientras ella permanecía en el entrañable domicilio familiar de Belgravia, Julius se marchaba, solo y taciturno, a Oxford. Allí, bien lo sabía, su padre mantenía reuniones muy reservadas con un círculo extraño y misterioso de personas entre las que deslumbraba con luz propia el prodigiosos y fascinante señor Edmund Forrester. Ahora, en cambio, el cometido de los frecuentes periplos londinenses tenía un marcado carácter terapéutico y fue en una de esas incursiones curativas donde Catherine conoció al joven doctor Johnson. Mientras tanto, dulce, paciente, cariñosa pero inquieta y afligida, ella preparó con esmero el viaje a Cantabria. 


Y el inquisidor pensó:
 
Ya están aquí, los siento acercarse aunque no necesite mirarlos, y, una vez más, sé que esos pasos, inexorablemente definitivos y sin posibilidad de retorno, ponen en marcha la rueda del fatídico destino. ¿Qué le habrá prometido a este infeliz desgraciado el gran embaucador? ¿Qué sorprendente y cautivadora mistificación habrá develado ante sus atónitos ojos en esta ocasión? Sus dotes persuasivas, reconozcámoslo, son dignas de encomio y admiración pues yo, que también sé mucho, o al menos eso creía, en el arte de doblegar voluntades y obtener incondicionales adhesiones, me siento mínimo y burdo recordando mis feroces y rudimentarios métodos frente a la sutil pericia de este redomado estafador. Lo sé, mi pregunta no deja de ser retórica,  tan superflua y vacua como mis ampulosos discursos, pues conozco con certeza el señuelo con el que atrapar a los insaciables devoradores de libros. ¿Acaso no soy yo mismo un patente ejemplo de esa caída en la trampa eterna que se oculta tras el infame círculo de Babel? ¡Ah, mi querida Babel, la patria ansiada y mitificada de aquellos que buscan, alucinados y enloquecidos, la clave del cosmos, el sentido último de la vida tras las grafías de un texto escrito! ¿Mi querida Babel? ¡Mentira maldita, siete veces maldita sea esta horrenda falacia! Aunque mis labios están sellados en su cárcel pétrea y quienes me contemplan me creen apacible y sereno -¡otro engaño más!- ignoran cuánto me complacería lanzar ahora una rotunda y sonora carcajada que retumbara hasta el infinito en estas sagradas naves como una sardónica blasfemia. Mas sé también que me está vedada toda interferencia, ni admonitoria ni persuasiva, en esta ceremonia de la suprema volición. Ea pues, laissez faire, laissez passer y que el viejo inicie de una vez la liturgia que consagra el camino de su perdición. Amén. 

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