CAPÍTULO 16: El mago de Oz

Junto a los libros también arribaban a la mansión campestre, aunque muy de vez en cuando, algunas personas singulares. No obstante Saint Albans, bajo el señorío de Julius, nunca se caracterizó por una intensa vida social puesto que su grave propietario, desde que tomó posesión de la casa, enfatizó ante el distinguido vecindario de la comarca su inflexible voluntad de aislamiento. Semejante conducta contribuyó a consolidar pronto la generalizada opinión de que su dueño era persona extravagante, e incluso descortés, de manera que las tarjetas de visita menguaron con rapidez al tiempo que las invitaciones para asistir a eventos mundanos cesaron por completo. La consecuencia de la voluntaria reclusión paterna habría de repercutir sobre la pequeña Catherine cuya adolescencia discurrió en un ambiente reposado, silencioso, y a veces tedioso, carente de las algarabías infantiles que disfrutó de forma efímera en el añorado hogar londinense. No resulta por lo tanto extraño que la lectura se fuera transformando en una vía de escape para aquella monotonía ni que su tío le franqueara desde el principio las puertas de la biblioteca y la facultad de elegir cualquier libro, sin restricción alguna. La joven se convirtió en una lectora empedernida y a menudo coincidía en el jardín, en el solario o en la biblioteca con su tutor, absortos ambos en sus cavilaciones y fantasías literarias. A veces el padre la observaba con precavido disimulo y pensaba con tristeza que su hija se veía impelida a mantener trato solo con adultos, ya fuera la servidumbre doméstica, los preceptores e institutrices que en número excesivo desfilaron por la hacienda o las escasas visitas que esporádicamente recalaban en Sain Albans´s Cottage  Una dolorosa carga que debía sumar a su amargada conciencia. 
 
Privada de compañeros de su edad y condenada a una existencia solitaria, es comprensible que Catherine se excitara intensamente cuando el tío Julius le comunicaba un inminente viaje que ella asociaba inmediatamente con la compra de nuevos libros, la inspección de bibliotecas señoriales en venta, o las extrañas reuniones que el señor Wicliff mantenía en Oxford con un restringido círculo de circunspectos personajes. Esa agitación anímica también se despertaba con la llegada de cualquier persona procedente de ese exterior que para ella era cada vez más remoto y ajeno. Quizá por ello su padre, consciente de que el régimen de vida eremítico que había elegido perjudicaba a la joven, no ponía ninguna objeción a la presencia de ésta en las conversaciones que mantenía con los infrecuentes y extravagantes  invitados. Entre ellos destacaría con luz propia el fascinante y enigmático Edmund Forester que, desde aquella neblinosa y destemplada mañana en la que, sorpresivamente, lo conoció, nunca dejaría ya de ejercer sobre ella una atracción fatal pero insoslayable. La jovencita había bajado desde su dormitorio con un libro y, como ya era habitual, se encaminó hacia la biblioteca para reemplazarlo por una nueva pieza antes de dirigirse al comedor para desayunar con su tío. Aunque el espectacular y barroco recinto estaba en penumbra ella, pensó, no necesitaba encender ninguna iluminaria puesto que sabía dónde se ubicaba la estantería y el exacto anaquel donde depositar el ejemplar. Estaba colocándolo en su hueco cuando un intencionado carraspeo procedente de las alturas del salón la sobresaltó sobremanera al tiempo que levantaba con miedo y expectación la cabeza.
 
     - Lamento haberte asustado, señorita Wicliff, aunque te aseguro que no era esa mi intención. Pero será conveniente que baje de la escalera y me presente correctamente. Cuando la voz se encarnó al llegar al suelo, se perfiló la silueta de un enorme adulto que dijo enfáticamente: Mi nombre es Edmund Forrester y soy amigo de tu tío Julius; pues supongo acertadamente que tú eres la joven Catherine. ¿Verdad?   

     -  Sí señor, respondió la pequeña, alterada por la abrupta e inesperada aparición y añadió sin que se le preguntara. He venido a guardar el libro que me llevé la semana pasada.

     -    ¿Has disfrutando leyendo las aventuras de Alicia?, le interrogó la sombría silueta. La joven, perpleja, le respondió vacilante: ¿pero cómo sabe usted el libro que acabo de leer si no ha podido verlo?

     -   Verás, querida Catherine, -comenzó a decir el personaje con una voz serena y persuasiva- yo puedo ver y hacer muchas cosas que en principio son inimaginables para la mayoría. Por ejemplo,…, ¡um, veamos! ¡Voilá! Yo podría enseñarte otras ilustraciones del cuento, muy diferentes a los tristones grabados dibujados por el señor Tenniel. Mis imágenes serían en color y, además, tendrían vida propia, hasta el punto de hablar y moverse como lo hacemos nosotros dos. ¿Te complacería que te los muestre?

     -   Sí señor, respondió la joven con evidente incredulidad pero seducida al mismo tiempo por la fluida oratoria de aquella voz envolvente y subyugante que a continuación le advirtió: Aunque hay un pequeño requisito que debes asumir. Es imprescindible que nos sentemos junto a la ventana, uno frente al otro, y tú debes mirar con atención el movimiento de mi reloj y dejarte llevar por las instrucciones que fluyen de mis palabras. Es un juego divertido que se denomina hipnosis.
 
    Aceptada la oferta, ambos se dirigieron hacia un amplio ventanal de la biblioteca cuya creciente claridad permitió a Catherine ir descubriendo progresivamente el imponente aspecto del señor que había descendido de las alturas. Forrester comenzó inmediatamente a ejercer sus prácticas de sugestión y la niña, a pesar de sus reticencias, entró pronto en el maravilloso mundo de Alicia que varias generaciones más tarde produjera la industria de Walt Disney. El impacto emocional de aquella experiencia onírica sería categórico y dejó en la pequeña una huella indeleble.

 

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