CAPÍTULO 14: Magna Bibliotheca



¿Cuándo empezó a desarrollarse la locura de Julius Wicliff y cómo se fue gestando aquella progresiva demencia en una persona que a tantos fascinó en tiempos pretéritos con su alegre jovialidad y arrebatador encanto? Cuando Catherine llegó a Saint Albans´Cottage, todavía una niña, ya era lo suficientemente despierta para darse cuenta de que el melancólico hombre que la recibió, a pesar de las innumerables muestras de cariño y las continuas atenciones, no era desde luego aquel divertido y animoso joven que jugaba con ella y su hermano Williams cuando vivían en Cardiff con el temible abuelo. Su tío se había transformado en una criatura silenciosa, taciturna y retraída que buscaba con indisimulada urgencia enclaustrarse en aquella imponente biblioteca que comenzó a dotar el abuelo Charles, con criterios exclusivamente cuantitativos y ostentosa intencionalidad, pero que su hijo menor, e inesperado heredero, se empeñó en transformar cualitativamente. Todavía se conservaban los grabados que el magnate, en su obsesivo empeño por ennoblecerse, había encargado para planificar las reformas de la mansión y, particularmente, en la soberbia sala destinada a la custodia y exhibición de las colecciones bibliográficas que había acopiado en los últimos años. El impetuoso anciano, que no era un lector vocacional, pretendía a toda costa impregnarse de dignidad aristocrática antes de obtener el ansiado título y para ello se obsesionó con emular todas las formalidades de las distinguidas casas señoriales. Alguien tuvo que insinuarle la pertinencia de dotar el edificio con una estancia que estuviera a la altura de sus ambiciones y por ello se propuso reproducir, descaradamente, alguna de las más emblemáticas bibliotecas históricas europeas. Muchos años después, acompañada ya por su querido padre, las llegaría a visitar. 
Bibliotecas históricas on PhotoPeach
 

Aunque Julius no alteró el continente, pese a la ampulosidad ornamental de aquel remedo  que pretendía reproducir a menor escala la estética churrigueresca del barroco germano, su intervención fue radical y categórica en lo que atañe al contenido. La pequeña, con inocente y atónita mirada, asistió en aquellos febriles días a un impactante y singular espectáculo que dejó huella indeleble en su incipiente memoria. Su tío dirigía un ejército de criados dando órdenes expeditivas sobre los libros que debían extraerse de las estanterías para conducirlos al jardín donde, tras amontonarse en impresionantes pilas, eran condenados al fuego exterminador. Durante las jornadas de saca de libros y posterior cremación perecieron voluminosas colecciones, casi todas lujosamente encuadernadas, como la extensa Genealogía de los Nobles Linajes de Gran Bretaña y otras series de literatura heráldica que con apasionado celo reunió el abuelo. El expurgo y la catarsis bibliográfica fue seguida sin solución de continuidad por la arribada masiva de otros libros, bien diferentes a los carbonizados, que empezaron a cubrir los huecos dejados por aquéllos en los purificados anaqueles. Ahora su tío movilizaba a la tropa doméstica pero en sentido inverso y no era infrecuente que Catherine se despertara sobresaltada, muy de mañana, casi alboreando la nueva jornada, al oír los gruesos y sonoros exabruptos de los arrieros y el traqueteo de los carromatos que enfilaban la avenida señorial, como en una insólita y peregrina cabalgata, atestados de libros. La vasta biblioteca, a pesar de su considerable magnitud, se colmató pronto, un dato que ilustra los desorbitados gastos bibliográficos de Julius Wicliff; y explica el posterior bullicio que tuvo que soportar la casa al entrar en acción el ejército de los carpinteros, tallistas, ebanistas y doradores para ir cubriendo las paredes de Saint Albans con nuevas y tentaculares estanterías. 


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