CAPÍTULO 13: En la abadía de Fontevrault



Aunque Julius ofreció a su hija el brazo mientras ambos se adentraban en el gélido templo, pues aquella soleada mañana de marzo era intensamente fría, la deferente cortesía no dejaba de ser mera inercia y reflejo, casi involuntario, de una incólume caballerosidad. Catherine, transformada ya en una mujer, joven, hermosa y aparentemente delicada, rezumaba en todos sus gestos una férrea voluntad así como una anticipada madurez que se proyectaba, con toda plenitud, en los más mínimos detalles de la conducta, tanto la íntima como la social. Por ello sabía, desde lo más profundo de su interno fuero y con amarga sabiduría, que su deteriorado padre debía apoyarse en ella porque el señor de Saint Albans, ciertamente, había envejecido de forma prematura y alarmante a pesar de no superar todavía su quincuagésimo cuarto aniversario. Las evidencias de esa conmovedora senilidad, demasiado precoz a juicio de quienes conocieron al joven y afable Wicliff, eran apreciables en preocupantes estigmas físicos que arrastraba desde hacía tiempo el taciturno caballero –una debilidad galopante, un temblor nervioso y compulsivo de sus manos y una mirada a menudo fija pero no por ello menos desorbitada- pero atemorizaban más aún en el plano psíquico tal como constataban quienes todavía mantenían relaciones con el señor y se acercaban a la mansión campestre. El juicio de aquellas bienintencionadas visitas había extendido la convicción de que aquella vesania era la fatal consecuencia de una perturbación anímica provocada por las desgracias familiares, sin embargo la piedad filial no le impedía a Catherine comprender los aciagos y abominables fundamentos de la insania paterna. Su aguda clarividencia le desgarraba el corazón porque ella hubiera dado parte de su propia vida para liberar a Julius del execrable peregrinaje que emprendía con este funesto y temido viaje, no obstante, su amor y lealtad eran superiores al horror que intuía desde los preparativos del periplo funerario. Por eso allí estaba entrando junto a su padre en la abadía de Fontevrault para acercarse a la tumba de la reina que lee eternamente.   

Y la reina pensó:

“Desde que los sentí aproximarse con pasos dispares, unos ansiosos y otros reluctantes, sin tener que mirarlos ni examinar en sus rostros el reflejo de ansias y temores, yo supe, desde el principio, que ambos terminarían por ser de los nuestros. Hubo un momento, debo confesarlo, en el que hubiera querido lanzarles, sobre todo a la dulce niña, una piadosa advertencia. Pero la debilidad fue efímera. Ninguna palabra saldrá de mis pétreos labios como ninguna lágrima franqueará mis endurecidos párpados. ¿Acaso debo interferir en el destino que cada criatura se labra con denodado empeño y luego ejecuta con inexorable determinación?, ¿Quién se compadeció de la infeliz Leonor y le lanzó en su momento la extrema admonición que la apartara del abismo? Nadie. Mas no es solo cuestión de tibia compasión, ni de venganza compensatoria (si yo caí, caigan también los demás), es ante todo una categórica imposibilidad que anula y extingue cualquier voluntad. ¡Ay, si yo pudiera avisaros de que debéis abandonar toda esperanza aquellos que, en vuestro loco desatino, como yo y los otros, tomáis la irrevocable decisión de entrar en este maldito círculo! Cúmplase pues la dura ley del libre albedrío y, en todo caso, que los ángeles del cielo, si pueden, bajen a persuadir a estos insensatos. Fijaos, ya se acerca a mi tumba el viejo, trémulo de emoción, y se prostrerna tres veces, como estipula el ritual, antes de recitar la infame y sacrílega plegaria que leerá en ese arrugado papel que ya extrae, nervioso, del bolsillo. Ea pues, sea Leonor la patrocinadora del nuevo neófito en la cofradía de Babel.”


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