CAPÍTULO 10: Las amistades peligrosas



La vida social en el domicilio londinense de Belgravia experimentó un notable incremento a medida que Williams se afianzaba, con la solvencia profesional que le era habitual, en la gestión empresarial que le delegó su padre. Actuaba como una especie de representante plenipotenciario de la firma Wicliff ante los círculos del poder económico y sobre todo del político. De esta guisa, para conseguir los suculentos contratos estatales tuvo que intensificar los contactos con influyentes personalidades. Militares, aristócratas,  parlamentarios y toda clase de burócratas empezaron a frecuentar aquella casa poniendo a prueba su persuasiva oratoria, así como la pericia de su esposa para organizar la  intendencia doméstica. Proliferaban los banquetes de etiqueta en el domicilio de Belgravia, sin embargo, de vez en cuando acudían a la casa otros invitados, bien diferentes de los anteriores. En esas ocasiones se abordaban múltiples e interminables cuestiones relacionadas con el ambicioso y sigiloso proyecto que planeaba el primogénito del magnate galés. El ambiente de aquellas veladas sufría entonces una profunda mudanza pues el engolamiento distante y formal era sustituido por la espontaneidad que caracterizaba a los apasionados debates en los que, huéspedes y anfitrión, se enzarzaban con libérrima facundia. Una atónita Anna observaba con interés, pero no con menos alarma, una faceta de su marido, ignota hasta ahora, que eclipsaba al impecable gestor mercantil al tiempo que emergía la novedosa faceta de sensible reformador social. Pues Williams Wicliff desde hacía tiempo se había convertido en un entusiasta seguidor de Robert Owen y Charles Fourier y, más preocupante aún, flirteaba con las ideas extremistas de Etiènne Cabet. Los discursos encendidos de algunos comensales azoraban a la dama y en un caso particular, como ocurriera en un inolvidable e infausto ágape, incluso provocaron su estupor. En aquella ocasión su marido invitó a un empresario textil de Manchester de origen alemán, un tal Engels, que llegó acompañado por un compatriota, apellidado Marx, cuyas ideas eran sencillamente escandalosas y subversivas. El temor de Anna ante el sesgo inquietante que adoptaban las relaciones de su marido se vieron corroboradas a la mañana siguiente cuando un inspector de Scotlan Yard se presentó en el domicilio y mantuvo una larga charla con Willimas. El incidente, empero, no modificó en modo alguno unas profundas convicciones que venían germinando desde mucho tiempo atrás. En efecto, desde que había sido forzado para asumir funciones administrativas en el emporio industrial de su padre, a una edad demasiado precoz, conoció de primera mano las durísimas condiciones laborales del proletariado industrial, así como la paupérrima existencia de sus familias. Hombre de recto juicio y profundas convicciones morales, quedó conmocionado no solo ante la sórdida explotación de los obreros, sino también ante la insensibilidad humanitaria de los embrutecidos oligarcas. Fueron años de duro aprendizaje y atenta observación que terminaron por cristalizar en un juicio muy crítico sobre la realidad social que magnates como los Wicliff, su propia estirpe, producían; y hombres de la dignidad de Robert Owen intentaban modificar con su buena voluntad.
 


Williams comenzó a gestar un ambicioso proyecto. Pretendía aplicar las medidas propuestas por los reformadores para dignificar el trabajo de los obreros pero, a diferencia de las fallidas experiencias del pasado, introduciendo una aportación indispensable que, tras numerosas lecturas y conversaciones con sus invitados, comprendió que había fallado antes: la financiación. Sin embargo era consciente de que semejante idea solo podría materializarse cuando falleciera su padre y, mientras tanto, la preparación debía realizarse con la máxima discreción para no despertar su furia. Como primogénito heredaría la mayor parte de los negocios, y por lo tanto podría disponer del capital, en cuanto al tiempo de espera, la avanzada senectud de Charles Wicliff jugaba a su favor. 

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