CAPÍTULO 1º. La Dama de Noche

Entre improperios dirigidos a tan insólito pasajero y las maldiciones habituales en la profesión, dirigidas quizá contra un dios desconocido, el bronco cochero iba mascullando una corrosiva letanía de ultrajes que, a modo de jaculatoria protectora, buscaba conjurar la creciente zozobra que lo iba embargando a medida que se acercaba al ominoso recinto. Solo la onerosa propina, pactada de antemano y conseguida sin apenas regateo, alimentó la suficiente codicia para aceptar el enigmático y perturbador itinerario en aquella gélida noche de espesa niebla, o más bien, de tinieblas. Pese a todo, aunque el miedo le urgía para retornar a las bulliciosas calles del centro urbano, cuando el frágil cliente abandonó el carruaje, todavía fue capaz de demorar unos minutos la partida. Quedó impelido por una expectante y morbosa curiosidad, mezclada también con cierto despecho, inconfesado, de macho humillado, para contemplar, atónito, cómo el singular personaje franqueaba la puerta de hierro y se adentraba en el fúnebre recinto a través de la lúgubre avenida. 


Me pregunto, angustiado, qué profundas e inefables motivaciones han impulsado a esta mujer para tomar la decisión, insólita y temeraria para muchos, de adentrarse en esta hora crepuscular, con paso decidido, firme voluntad y sin concesiones a la duda, en estos dominios funerarios. Me conmueve su valentía -¿acaso vesania, como bien pudieran pensar las gentes razonables?- pero también la innegable osadía que destila su decisión. Me produce estupor asimismo la aparente serenidad con la que se desenvuelve en este escenario de muerte en el que, reconozcámoslo, aun los más bravos declinarían su jactancia para refugiarse en una prudente cobardía. Pero, no nos engañemos, yo soy el Narrador Omnisciente y estas preguntas son mera retórica. Conozco el impulso que anima sin desmayo a esta extraña mujer y sé la finalidad de su increíble acto. No desesperéis, a su debido tiempo desvelaré los innombrables secretos que de forma fatal fueron forjando tan insólita conducta. No obstante, la justa comprensión de esta dramática historia requiere remontarse al pasado pues no son tantos, como pensamos a menudo, los hechos que brotan del incierto azar o de un ímpetu espontáneo. La inmensa mayoría de nuestros actos, como el de esta pálida enlutada, también fueron determinados en el devenir del tiempo por fuerzas poderosas e inescrutables, ajenas a su voluntad. Por ello debo rememorar el ya lejano año de 1860 cuando el misterioso destino comenzó a urdir los hilos que, varias décadas después, arrastrarían a esta mujer al solitario… ¿diré campo santo, como exige la piadosa tradición, cuando en aquella ínsula de la Muerte operaban las potencias infernales? Aplazaré deliberadamente mi respuesta y tan solo adelantaré que toda la historia bien pudo comenzar en aquel fastuoso banquete que, a raíz de la dramática evolución de los acontecimientos posteriores, la opinión pública terminó por denominar, con acierto, La cena del rey Balthassar.  


ANOTACIONES Y CUESTIONES

No hay comentarios:

Publicar un comentario