JUSTIFICACIÓN


No hace mucho tiempo todavía ignoraba el sentido exacto del concepto literatura multimedia y aunque podía intuir, de manera más o menos aproximada, qué podía ser, pues el término es descriptivo sin duda, como buen emigrante digital que soy –ya se sabe a qué me refiero, a esos que hemos entrado tarde y con pésima preparación en la galaxia TIC- un rechazo instintivo, propio por lo demás de los que pertenecemos al universo Gutemberg y solo concebíamos la lectura a través de un libro de papel, determinaba una actitud de innegable indiferencia hacia estos experimentos que no dudaba en calificar como pseudo-literarios. Mi opinión incluso se sustentaba en una chanza de facilona ironía que causalmente oí en un programa televisivo donde un escritor, cuyo nombre lamento ahora mismo no poder recordar, decía con sorna que él aspiraba a convertirse en un escritor “multimierda”.

El juego, casi homofónico, de palabras, más allá de la burla frívola, propició, empero, cierta reflexión sobre el tema. ¿Qué quiso indicar realmente ese ignoto creador con tan escatológica afirmación? En principio pensé que era una rotunda descalificación hacia un producto que me imaginaba ramplón, truculento a base de efectos especiales e insípido pese al concurso de imágenes “jpg”, audiovisuales “avi”, audios “mp3” y cualquier otro recurso de la cacharrería multimedia. Entre todo ese derroche tecnológico, pensaba yo por entonces, posiblemente mero artificio y fuegos artificiales, poco o ningún espacio quedaría para el texto escrito y la auténtica expresión literaria. Sin embargo, ese riesgo, aunque real, no era incompatible en modo alguno con la voluntad de experimentar en este campo innovador y el deseo sincero por alumbrar nuevas fórmulas en la creación y expresión literaria.

Lecturas posteriores sobre la cuestión fueron gestando la ruina de tales ideas, absolutamente preconcebidas y cargadas de prejuicios, y comenzaron a transformarse gracias al concurso de mayor información y una actitud, confesémoslo, más ecuánime y positiva. Reconozco en esta conversión el protagonismo de una memorable conferencia en la que un conocido representante de la edición bibliográfica digital nos expuso, con sinceridad y realismo, las sombras, pero también las potenciales luces, que podían alumbrar la génesis de una nueva forma de construir discurso literario al incorporar de forma seria, y razonable también, los múltiples recursos multimedia que ya son inherentes a nuestra civilización. El conferenciante venía a decir que semejantes materiales (imágenes, audios, vídeos, 3D e incluso plataformas interactivas), audazmente incorporados a la obra literaria, podían implicar algo más profundo que un mero coup de forcé tecnológico y propiciar, insinuaba, el nacimiento de una nueva forma de creación artística.

Siendo como soy, por edad y por convicción, un empedernido lector de libros de tinta y papel, devoto por lo demás de los escritores clásicos, a quienes tanto debo en mi formación intelectual y sentimental, me resulta inconcebible e inadmisible la descalificación de ese patrimonio –juro que he llegado a oir semejantes juicios-  propuesto para el derribo por obsolescencia. Sin embargo, tampoco me parece justificable la postura opuesta, esto es, una fulminante condena de la producción literaria “tic” sin ningún argumento convincente, máxime, si surge exclusivamente de un evidente desprecio construido desde la ignorancia. Creo por el contrario que ambas fórmulas, la tradicional y la innovadora, pueden coexistir de forma pacífica y el único criterio que debe primar para ensalzar, o condenar si procede, una creación artística, en este caso literaria, ya sea convencional o en formato multimedia, es la calidad intrínseca del producto. Por lo demás, no cabe duda de que esta última vía se presta, otorguemos por lo menos esa gracia, a una ingente labor de experimentación cargada de potenciales promesas. El tiempo emitirá su juicio de valor.

Lo viejo y lo nuevo –pienso- no solo pueden tolerarse recíprocamente sino incluso convivir como parejas de facto. Tal idea subyace sin duda en este alocado invento que titulo El círculo maldito de los muertos leyentes, cuya temática argumental obedece a una vieja y querida obsesión personal. Mas entrar a explicar con detalles los fundamentos causales que impulsan la creación de este, llamémoslo experimento literario, es otra historia diferente. Su exposición dilataría en exceso la extensión de esta breve introducción. Así pues, sin mayores dilaciones, clausuro aquí las explicaciones  y prefiero que el amable lector se sumerja sin más en la narración y la prologue hasta el final, si le resulta agradable e interesante, o bien hasta que un aburrido bostezo, si tal fatalidad ocurriese, le haga abandonar la lectura. Vosotros mismos.  

                                                                                                         Quinto Sexto