CAPÍTULO 7º: El reencuentro

El circunspecto mayordomo condujo a la dispar pareja hasta el despacho donde los aguardaba con indisimulada impaciencia Julius Wicliff. La niña se quedó observando fijamente a su tío y aunque este no era un jayán, desde la perspectiva infantil de su mirada, se percibía como un gran hombre. Desde luego ya no era el jovencísimo y simpático muchacho, cuya jovial imagen apenas podía recordar, que antaño no dudaba en compartir juegos y chanzas con ella y su hermano Titus en la casona de Cardiff. Catherin constató con cierta tristeza la fatal metamorfosis pues su tío Julius militaba ya, de manera irreversible, en el ejército de los adultos. ¡Qué Dios se apiade de su alma!, -formuló mentalmente- repitiendo de forma mecánica una de las muchas jaculatorias clericales que solía escuchar de su abuelo Samuel.Tras los saludos protocolarios, en los que el adusto acompañante entregó al señor de la mansión una carta, Julius se acercó hacia la sobrina y, con los ojos velados por ardientes lágrimas, la atrajo de forma súbita e impetuosa hacia sí ocultándola en un cálido y envolvente abrazo. Inesperado para la pequeña, indecoroso por su dilatada y efusiva prolongación, según delataba la reprobadora mirada del testigo.

Catherin Wicliff
- Mi querida Catherine –le dijo su tío- ¡cuánto tiempo sin verte, mi pequeña! Eres una preciosa y delicada criatura, como lo fue tu madre. Per dime, ¿te gusta la música?

- Sí señor –respondió su joven interlocutora- me gustan mucho los himnos y salmos que se cantan los domingos en la iglesia del abuelo.

- Ven, cariño, acércate a esta mesa –le decía al tiempo que la cogió de la mano- pues oirás ahora una melodía muy diferente que sale de esta caja encantada. Mientras la escuchas yo hablaré unos minutos con tu tutor, y desde este momento es tuya.

- ¿Y podré llevármela esta noche a la cama, tío Julius? –preguntó con indecisión e incredulidad la niña.

- Podrás llevártela a tu dormitorio para siempre. Es mi regalo de bienvenida a esta casa que, desde ahora, es también la tuya. ¡Escucha!





Cuando el pedagogo se hubo marchado y el ama de llaves se llevó a la pequeña para aposentarla, Julius se sentó en el majestuoso sillón de su despacho y comenzó a  juguetear entre los dedos con la carta. Más o menos intuía el contenido de aquella epístola, con toda seguridad redactada con estilo mordaz y ofensivo, pues ya había tenido ocasión de negociar meses atrás, personalmente, con el furibundo clérigo. Aunque la emoción del reencuentro con Catherine lo colmaba de amor y ternura, anulando cualquier sinsabor, no obstante decidió beber el cáliz de la amargura y, en consecuencia con su decisión, rasgó, impetuoso, el sobre. A continuación extrajo la misiva y comenzó a leer:

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