CAPÍTULO 4º: La última derrota del Rey Arturo


Una vez que tomaron posesión de los camarotes, pretextando su habitual jaqueca, Williams delegó las tareas de intendencia doméstica en su pragmática esposa. Le dijo, con fingida pesadumbre, que subiría a cubierta con la esperanza de que la brisa marina mitigara la recidiva cefalea, sin embargo no se quedó en aquellos pasillos atiborrados de pasajeros vocingleros que todavía agitaban, inútilmente, sus pañuelos. ¿Acaso –pensó- no se dan cuenta de que el gentío del muelle ya no puede distinguirnos desde aquella distancia que aumenta a medida que el barco se aleja? Se encaminó pues hacia el salón principal, prácticamente vacío ante la desbandada del pasaje, donde le sirvieron un buen whisky escocés. Mientras paladeaba la gélida bebida, pues desde su llegada al continente solía atiborrar los vasos con hielo, le llegaban los briosos acordes, cada vez más lejanos a medida que el barco franqueaba la bocana del puerto, de la banda militar. Las melodías castrenses solemnizaban con ardor patriótico la emotiva despedida de los colonos blancos y en un momento determinado atrajeron su atención. Pese a la distorsión acústica que provocaba la creciente distancia y la amortiguación del sonido, atrapado entre los pesados cortinajes del recinto, Williams reconoció con facilidad la impetuosa Marcha de los Granaderos.   


A continuación abrió con parsimonia el gastado diario y releyó, una vez más, la última anotación que había escrito la víspera de la partida. Era una entrada inusualmente larga frente al laconismo literario que imperaba con frecuencia en aquella azarosa y dramática bitácora. Su padre se la había entregado antes de abandonar Inglaterra para que le sirviera como puntual recordatorio de todas sus operaciones mercantiles. No obstante, muy pronto dejó de ser un vulgar registro contable para adquirir el estatus de un diario vital. En aquel libro de cubierta roja, manchado hasta en los cantos de todas las excrecencias nauseabundas que destilaba el maldito continente, Williams Wicliff anotó durante tres años y medio la amargura de su profunda frustración y el desgarramiento interior que presidió su proceso de deshumanización. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario