CAPÍTULO 3º. El contrato del dibujante

Cada vez que Catherine ojeaba las láminas ilustradas de aquel cartapacio forrado en terciopelo negro, un ritual que gustaba repetir con cierta frecuencia, se dejaba arrastrar por el contenido deleite que le provocaba la serena contemplación de aquellas excelentes pinturas. El hábil pulso creador de un dibujante desconocido, Phileas Knox, había logrado evocar el encanto innegable de aquellas lujosas mansiones entre las que figuraba, espléndida y soberbia, esta vasta propiedad en la que ahora vivía sola. 


Sin embargo, la indolente observación también le servía para avivar el rescoldo del recuerdo, un estado que la joven –así lo creo- buscaba deliberadamente, para rememorar su azarosa llegada a Saint Albans´s Cotage cuando todavía era una tímida y asustada niña. Nadie, pensaba ahora la joven y enlutada dama, ensimismada en la visión de aquellos delicados cuadros, podía imaginarse, ni siquiera ella misma, que algún día los misteriosos y fatales hilos que mueve el destino humano llegarían a convertirla, de forma inopinada, en la dueña y señora de la colosal mansión. Tales sentimientos la indujeron de nuevo a revivir, de forma atormentada, aquel remoto y angustioso día de febrero, sombrío, frío y triste como la melancólica ansiedad que ahora la embargaba de forma permanente, en el que fue conducida a la casa en un desvencijado carruaje. A medida que se aproximaban, ella y su estirado tutor, la vio por primera vez desde la embarrada ventanilla, enseñoreándose con altivez sobre la colina en la que había sido erigida casi un siglo atrás. Al pasar con distraída torpeza una de las láminas provocó la caída del cartapacio, que se deslizó hacia el suelo con inadecuado estrépito para aquella silenciosa casa. Al recoger el material desparramado observó entre dos láminas la presencia de una ajada carta que, tal como pudo comprobar al leer el membrete, remitió a su abuelo, allá por 1861, la agencia londinense Linmas and Crompton

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