CAPÍTULO 2º. La cena del rey Balthassar

Tengo que remontarme, tal como os anuncié, varias décadas atrás para intentar vislumbrar las misteriosas raíces que, desde los profundos estratos del tiempo pretérito, alimentaron desde allí, tenaces, las ramas del presente. Por incomprensible que os parezca, la dramática presencia de la Dama de Noche en el solar funerario, aunque ella lo ignorase,  está relacionada con la fastuosa velada que el viejo y decrépito Charles Wiccliff celebrara una lejana noche de noviembre en Cardiff. Era el año de gracia de 1861. Aquel memorable evento quedó grabado en la memoria colectiva de la ciudad; bastaría una somera ojeada a los periódicos locales, e incluso se hicieron eco los nacionales, para constatarlo. El multitudinario ágape fue relevante no solo por la trascendencia del anuncio que allí se hizo, sino también por la insólita e inusual liberalidad con la que el codicioso y avaro Wicliff quiso proclamarla urbi et orbe. Aquí oiréis aquel peregrino discurso, escrito posiblemente por uno de sus numerosos paniaguados, quizá un mísero maestro de la escuela parroquial que financiaba con mínima dotación el opulento magnate. Dicen las lenguas maledicentes que aquella pomposa y delirante arenga germinó entre el delirio provocado por la inspiración famélica y el burdo servilismo impuesto al pobre empleado. Sea como fuere lo cierto es que el prepotente oligarca lo memorizó al dedillo y como tal lo pronunció: de una atacada. La prensa local reprodujo entre loas y aplausos la cínica pieza oratoria de aquel emblemático prócer del primigenio capitalismo, al que historiadores postrimeros llamaron salvaje, asombrados por su egoísta inhumanidad. Una denominación que se mantuvo hasta el advenimiento de este, que discurre en nuestros días, capaz de superarlo en su depravada carrera emuladora:  


Entre aquella oleada de nauseabunda y sarcástica hipocresía, solo un ejemplar de la prensa galesa, apenas un mezquino folleto panfletario titulado “El amigo del Pueblo”, fue capaz de denunciar y desenmascarar ante la opinión pública las crueles falacias del pérfido Wicliff.


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