Música celestial 8.

8ª PARTE: DEL MITO A LA RAZÓN



Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, siglo XVI

Semejante interpretación, sin embargo, no es correcta aunque, reconozcámoslo, todas las mitologías han imaginado las formas de vida de estos seres legendarios de la forma más placentera posible. Una existencia ambientada con frecuencia entre célebres excesos y banquetes festivos amenizados por dulces melodías. Pensemos de nuevo, tal como se ha indicado anteriormente, en los continuos convites del Olimpo y en los dioses que se acompañan de lúdicos cortejos, ya sea el de Apolo o el no menos afamado de Baco. No cabe la menor duda de que la civilización helena, en su etapa precientífica, ya se imaginaba el cielo mitológico cargado de dulces melodías y, precisamente por ello, no resulta extraño ni aberrante que fueran los propios griegos, pero no ya los mitólogos como Homero o Hesíodo, sino sus pensadores proto-científicos, los primeros en trascender este plano imaginario para construir concepciones cosmológicas basadas en planteamientos racionales. Entre ellas comenzó a distinguirse una peculiar teoría sobre la mecánica astronómica basada, como es sabido, en el geocentrismo. Aludimos a la concepción desarrollada por Aristóteles y sistematizada siglos más tarde por el sabio Ptolomeo. En esa teoría nos encontramos con la idea, entre otras cualidades, que preconizaba la generación de sonidos armónicos y melódicos en la bóveda celeste como consecuencia de la perpetua rotación y fricción de las esferas celestiales al girar unas sobre otras. Me pregunto a menudo cómo imaginarían los griegos esa música sideral. Supongo y presumo la existencia de concepciones antagónicas, como suele ocurrir con todas las ideaciones especulativas. En este sentido me complace pensar que el atormentado Heráclito se hubiera identificado con una pieza muisical convulsa y dramática, quizás parecida de alguna manera a la producida por Bruckner en su 9ª Sinfonía: 

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Anton Bruckner, Sinfonía nº 9, 2º movimiento 2º (Scherzo)

me a trevería a aventurar por el contrario que la escuela pitagórica habría intentado, probablemente, reproducir esos sonidos mediante una rigurosa cadencia matemática. Yo prefiero intuirla como algo muy parecido a esta bellísima composición de Bacarisse:

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Salvador Bacarisse, "Romanza" del Concertino para guitarra y orquesta,siglo XX.

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