Música celestial 15.

15ª PARTE: A MANERA DE EPÍLOGO

Vincent Van Gogh, La Noche estrellada. Siglo XIX.

Ha llegado el momento de clausurar esta, reconozcámoslo como tal, alucinante disertación que, tras iniciar su singladura desde una perspectiva racional, parece haber culminado el periplo, permítaseme parafrasear a Cervantes, con los desvaríos propios de la razón de la sinrazón. Si es que de tal guisa debemos catalogar a los pensamientos que emanan de la fantasía. Pues no cabe duda de que imaginario y fabuloso ha sido colocarle acordes melodiosos al cosmos y música a los cuerpos celestes, no obstante, una vez entregados a esa maravillosa alucinación ¿por qué no continuar exprimiendo todas las variadas posibilidades que se infieren de tan peregrino pero atractivo planteamiento? No tengo ya ánimo para continuar semejante derrotero pero quizás alguien, si tuvo la paciencia de llegar hasta aquí leyendo tan dilatado y disparatado artículo, fuera lo suficientemente ingenioso para prolongar los corolarios de la tesis, más bien hipótesis. desarrollada. Así pues, podríamos exprimir el argumento e imaginando músicas celestiales buscar las melodías que considerásemos más apropiadas para los innumerables eventos cósmicos. Por ejemplo ¿qué sonidos le buscaríamos a las enanas blancas, los cometas, los agujeros negros o a la mismísima materia oscura? He aquí un reto para los pacientes lectores que podrían concretarlo, si lo estiman pertinente y de interés, en sus amables comentarios. Iniciaré yo mismo el potencial repertorio aportando mi particular y personal música para el origen del universo tras aquella explosión primordial del Big Bang. Si a ustedes no se les ocurre ninguna, yo les  sugiero escuchar, a bote pronto, la propuesta del genial Beethowen que, en el primer movimiento de la 9ª Sinfonía, se imaginó así el acto fundacional del universo mundo:

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 Ludwig van Beethoven,  Novena Sinfonía "Coral",  movimiento 1º (allegro ma non troppo).

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