El sentido de la vida

Thomas Hobbes, el pragmático filósofo inglés del siglo XVII, afirmaba con su habitual cinismo que lo primero y urgente en nuestra existencia es vivir y, solo después, ya con la barriga llena, podremos, si nos apetece, filosofar (Primum vivere, deinde philosophari). Es difícil contradecir tan lapidario pensamiento aunque, reconozcámoslo, suscita escaso entusiasmo otorgar reconocimiento a un ideólogo del absolutismo y, además, un vocero del pesimismo antropológico. Sin embargo, tal como afirmaba don Antonio Machado a través del bonachón Mairena, la verdad siempre será verdad la diga quien la diga, aunque el locutor nos resulte antipático.

No cabe duda de que antes de especular sobre cualquier aspecto de la vida, entendida ésta en su más amplia plenitud e inabarcable variedad, hay que procurarse los medios para subsistir. Ya se sabe, primero, comer, abrigarse, tener un techo donde guarecerse de las inclemencias ambientales, buscarse los medios de subsistencia y, solo después, ya bien alimentados, al calor de la lumbre y, si procede, mientras departimos amablemente con nuestros amigos, pues, como decía, solo entonces estaremos en condiciones de especular sobre la insoportable levedad del ser o vaya usted a saber de qué sutilezas tratará nuestra sesuda tertulia de sobrtemesa. Sí, definitivamente, primero vivir y, después, razonar con profundidad. No obstante, este último concepto, nos estamos refiriendo a la reflexión filosófica, está a menudo indisociablemente unido a la propia vivencia. Ya sea con la barriga llena o vacía. Todos filosofamos, aunque seamos inconscientes de semejante menester, porque todos nos hacemos preguntas sobre el por qué de nuestras experiencias personales y, de forma particularmente trágica, cuando tales vivencias son contundentes y resultan dramáticas en nuestra particular trayectoria existencial. Creo sinceramente que resulta casi insoslayable para el ser humano el plantearse preguntas e interrogantes ante la profunda perplejidad que nos depara nuestra propia vida y la de los demás. Es verdad que somos egoístas por naturaleza, pero no es menos cierto que también somos capaces de cultivar la empatía e incluso transmutarla en compasión pues, como sostenía el comediógrafo Terencio, al fin y al cabo somos humanos y, por ello, nada relacionado con la propia humanidad nos puede ser totalmente ajeno (Homo sum, humani nihil a me alienum puto). Así pues, las grandes interrogantes gravitan sobre nuestras cabezas y, con mayor o menor sabiduría intentamos darle una respuesta, ya sea racional, emocional, fantasiosa o visceral. El espectro es amplio pero a todas las englobo bajo la denominación de filosóficas cuando pretenden ser profundas.

Hay que ser muy insensible para no experimentar algún tipo de sentimiento, ya sea curiosidad, ya sea desasosiego, o cualquier otra emoción que fluctúe, según el temperamento y la personalidad de cada uno, entre el optimismo euforizante de los esperanzados y el pesimismo taciturno de los que albergan pocas, o ninguna, esperanzas. En este sentido, el catálogo emocional también es francamente extenso. Ignoro si pensar sobre la vida y sus vicisitudes, desde la cuna hasta la tumba, entre las penas y las alegrías, es una operación intelectual que debe abordarse antes o después de la digestión. Pero estoy convencido de que, tarde o temprano y, en gran medida dependiendo de nuestra suerte, todos y todas terminamos por formularnos algún desgarrador ¿por qué? Y es que el destino -¿debería escribirlo con mayúscula como corresponde a tan poderoso señor?- siempre nos tiene preparado un formidable zarpazo; de esos que generan de forma refleja el consabido ¿por qué? Por cierto, no estaría de más recordar que el genial Bethoween llegó a materializar la fuerza demoledora del destino -mejor con mayúsculas- del Destino a través de unos acordes famosos que resultarán fácilmente reconocibles. Helos aquí:



La respuesta, sea la que sea, a esa pregunta siempre entrañará una dimensión filosófica si entendemos por tal, como decía el buen Sócrates, un honrado esfuerzo por responder desde la búsqueda radical de la verdad y, una vez hallada, si es que la encontramos, la cuestión adopta una proyección moral al convertirla en principio rector de nuestra conducta. Dicho de otra manera, el “por qué”, conocimiento filosófico a fuer de profundo, suele ir acompañado del “qué hacer”, corolario ético con el que remataremos nuestra reflexión.

El sentido de la vida en el cine

Estas operaciones mentales forman parte de nuestra vida y son tan básicas e instintivas como el propio vivir. Así pues, casi me atrevería a puntualizar al filósofo inglés sobre la prelación de los términos en la célebre sentencia que iniciaba este texto. Dejémoslo, por lo menos, en empate técnico y sostengamos que vivimos y filosofamos, esto es, reflexionamos –¿quizás angustiosamente?- sobre la vida, de manera simultánea. Esta actitud es tan antigua como el propio ser humano, ha producido ríos discursivos y enfoques para todos los gustos, desde la singular perspectiva de cada pensador, pero en absoluto podemos sostener que sea una competencia exclusiva de las grandes lumbreras que en el mundo son y han sido. Nadie, por modesto y simple que se juzgue a sí mismo, puede sustraerse a ella. Me refiero a tener una cierta percepción e idea sobre la vida, aunque sea a través de una óptica burlona y satírica, como la expuesta por los Monty Python en su corrosiva comedia El sentido de la Vida. Para muestra, te dejamos como botón esta secuencia de la citada película en la que los filófos alemanes "contrastan" sus ideas con los de la antigüedad clásica. La sagaz Mafalda tampoco se queda atrás, como podrá comprobarse en el vídeo inferior, en cuanto a sutil pesimismo. Ocurre, sin embargo, que no siempre tenemos tiempo o ganas de elevar nuestros más íntimos pensamientos sobre la cuestión a una formulación explícita.



Este ha sido precisamente el interesante reto que ha propuesto la profesora de lengua castellana y literatura, Emilia Esperidón, a sus alumnos y alumnas de 3º de ESO en el IES Almenara. La tarea escolar, que consistía en la preparación de una exposición oral para evaluar la competencia comunicativa de los aprendices, como quien no quiere la cosa, acabó por convertirse en un interesante ejercicio de reflexión filosófica al plantear como tema del discurso algo parecido a ¿qué pinto yo en la vida? La catarata de postcast que han producido los chicos y chicas de la clase sirvió para constatar el argumento sostenido hasta aquí pues, en efecto, se constata, tras su audición, una interesante reflexión crítica, otras veces una mera toma de conciencia, que condensa ideas y planteamientos, ricos en su variedad, sobre eso que tan pretenciosamente denominamos "el sentido de la vida". Obviamente, las respuestas están enfocadas desde la perspectiva genuina e irreductible de la mirada adolescente. La audición de estos pensamientos es francamente interesante y por eso me ha parecido pertinente enlazarlos en el blog. Por lo demás, la experiencia de aprendizaje es asimismo valiosa desde un plano pedagógico por el enfoque competencial, el uso de las herramientas web 2.0, la autonomía personal y otras parcelas didácticas que merecerían ser analizadas con más extensión. No obstante, a mí lo que más me ha impresionado ha sido el esfuerzo desplegado por muchos jóvenes para expresar públicamente sus ideas, que no es desde luego una tarea fácil, y, en muchas de ellas, la soltura oratoria y el calado de tales ideas. Me gustaría saber si la reflexión filosófica de estos jóvenes pensadores se realizó antes o, como recomendaría el míster Hobbes, después de la reparadora merienda.

Felicito a los participantes en la experiencia educativa por la valentía manifestada al expresarse con sinceridad y precisión. De eso se trataba. Asimismo es de justicia agradecerles a todos, tanto la docente como los discentes, su generosidad al permitir expresamente la utilización pública del material de audio generado (concretamente los seis postcasts que se insertan al final de este artículo) y, por supuesto, hago extensiva la enhorabuena, pero con especial mención, a la profesora que inspiró el proyecto reconociendo la excelencia de su brillante idea. ¡Chapeu!

ALUMNADO DE 3º DE ESO: POSTCASTS SOBRE "EL SENTIDO DE LA VIDA"









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