Los microrrelatos, ¿literatura exprés?

Aunque un relato corto no es ninguna novedad en la historia de la literatura, no cabe duda de que desde el siglo XX hasta nuestros días el texto breve se ha convertido en una modalidad literaria de fortuna. Algunos especialistas incluso llegan a considerarlo casi como un subgénero, y yo me atrevería a decir, cargado de futuro, aunque, reconozcámoslo, empieza a disfrutar ya de un dilatado pasado. En los dos vídeos inferiores puede constatarse la popularidad del fenómeno si tenemos en cuenta un hecho significativo: dos programas televisivos de cadenas diferentes abordan un análisis divulgativo dedicado al producto:



En definitiva, el microrrelato pues nos estamos refiriendo a esta modalidad concreta de relato corto, está de moda y es un fenómeno de rabiosa actualidad. Son numerosos los escritores que practican y cultivan este singular tipo de texto que, en el terreno específico de la literatura hispanoamericana, tiene a dos insignes figuras por su proyección y fama: Jorge Luis Borges y Julio Cotázar. En la actualidad destacan autores españoles como Juan José Millás que, además, ha dirigido en la cadena SER un exitoso programa radiofónico sobre el género. También está el caso de Enrique Vila-Matas, que centró su atención sobre un personaje real, Robert Walser, escritor no solo de microrrelatos sino incluso hasta de una escritura microscópica, tal como descubrimos en la excelente novela Doctor Passavento. Son asimismo cultivadores de esta producción literaria de mínimas dimensiones autores de la talla de Ana María Matute, José María Merino y Javier Tomeo. Aunque, no ignoremos este dato, también cuenta con afamados detractores; el más célebre de ellos, Javier Marías.

El reciente éxito de esta peculiar tipología literaria, cuyos orígenes pretéritos se remonta a los refranes, las máximas o las fábulas y es obsesiva con la brevedad, cuenta ya con una amplia labor investigadora e interpretativa. Como era de esperar, confluyen diferentes teorías. En mi opinión, que no es la del experto, posiblemente tenga mucho que ver con las características que impone de forma implacable e inmisericorde la civilización digital, el universo internet, los mensajes de texto de la telefonía móvil y, en suma, todas las manifestaciones emanadas de las nuevas tecnologías de la comunicación.

Las vicisitudes de la vida empezaron a discurrir con creciente rapidez desde la implantación de la 1ª Revolución Industrial, pero aquellos vértigos de antaño han quedado reducidos a juegos infantiles en esta, ¿cuarta ya?, revolución tecnológica. Así pues, para lo bueno y para lo malo ya no vivimos deprisa sino con una aceleración existencial que es vertiginosa y, por ello, angustiosa para las personas no tan jóvenes. El corolario de esta premisa es más que obvio: la aceleración exponencial del volumen informativo que maneja nuestro mundo y la rapidez de las trasmisiones exigen una drástica economía del mensaje y unos formatos apropiados para el consumo súbito de los mismos. El microrrelato satisface semejantes exigencias, a un nivel culto, tanto como lo hace el lenguaje críptico que los jóvenes usan en los populares sms. Ahora bien, tal como ha ocurrido tantas veces en el pasado, este producto literario no es una mera adaptación a las demandas del nuevo mercado planetario. Hay algo mucho más profundo en esta genuina forma expresiva que va más allá de un ajuste productivo y mercantil para acomodarse a las demandas de los consumidores del ciberespacio.

El microrrelato, en efecto, es en sí mismo un enorme reto creativo puesto que debe condensar en muy pocas palabras una idea, un sentimiento y, supongo, toda una estructura narrativa que se despliega en muy pocas frases, a veces una sola y de una simplicidad extrema y que se prolonga más allá de la literalidad del texto. ¿Quién no conoce, por citar un ejemplo célebre, el que pasa por ser el cuento más pequeño del mundo, del escritor Augusto Monterroso? Supongo que escribir un texto literario corto, de extensión mínima, si se afronta con seriedad reflexiva, tiene que ser una empresa harto dificultosa puesto que su grandeza, al menos eso pienso, radica en el espectro de sugerencias elípticas que encierra su mínimo enunciado y que trasciende la literalidad de lo escrito. Además, tiene que entrañar otras implicaciones cognitivas para poder cautivarnos y seducirnos con tan pocas palabras. El microrrelato, en efecto, debe propiciar la sorpresa, la paradoja, transmitir una intensa emoción, provocar en el lector la reflexión, pero también la desazón y la inquietud. La peor cualidad que le podríamos adjudicar a estos “nanocuentos”, como los llegó a denominar Ana María Matute, sería la de dejarnos indiferentes. Me permitiré la osadía de ilustrar lo antes expuesto con un ejemplo de cosecha propia:

Cuando nos avisaron de la inminente llegada del maremoto, mis vecinos huyeron hacia las montañas. Ese día decidí irme a la playa.

Así pues, no es de extrañar que la redacción de microrrelatos se haya convertido en un ejercicio interesante, con una clara proyección en el ámbito escolar, para fomentar la imaginación, la concentración y otras cualidades no menos apreciables.

Tal como señalaba al principio, semejantes ejercicios no son tan novedosos como parece. Nihil novus sub solem decía el rey de sabiduría proverbial. Pienso, por citar un meridiano ejemplo, en los célebres koan del budismo zen, esos pensamientos antiquísimos, contundentes, cargados de significado hermético y, por supuesto, conditio sine qua non, de una extensión sumaria.

Oh Luna, he recorrido esta noche como un loco las orillas del lago contemplando tu plateado rostro.

He aquí el enunciado de un koan atribuido a un monje japonés del siglo XVII. En este angustioso y obsesivo poema hay mucho trasfondo si sabemos descubrir y descodificar las claves capitales de la praxis zen. A saber: concentración, concentración y concentración, el único camino que puede conducirnos a la iluminación.

El microrrelato está de moda, de eso no cabe la menor duda y, como era de esperar, ha llegado a los centros escolares. Su potencial educativo es grande puesto que, tal como se ha indicado anteriormente, fomenta la creatividad así como otras habilidades complementarias no menos interesantes en el desarrollo personal. Bastaría navegar por las websites de colegios e institutos de nuestra geografía nacional para constatar el volumen de certámenes estudiantiles donde se convoca al alumnado para redactar micrrorelatos, tanto como piezas autónomas o encadenadas a partir de una frase inicial. En esta última línea destacaré una modalidad que me parece de especial valía: me refiero a las experiencias didácticas relacionadas con la redacción de libros colaborativos elaborados por un grupo de alumnos y alumnas. No nos sorprenderá, por lo tanto, que en muchos centros educativos las actividades relacionadas con el cuento y los microrrelatos hayan proliferado de manera sustantiva, tanto en el aula, es decir, convertido en contenido curricular de la asignatura de lengua, como fuera de ella, en cuanto contenido transversal relacionado con una de las competencias básicas y que, justamente por ello, recorre todas las materias.

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