Ser libres para ser creativos

Hoy me gustaría compartir con todos vosotros, lectores y lectoras de este blog, una desazón que me va corroyendo cada vez con más intensidad y, naturalmente, creciente frustración. Se trata de la observación de un fenómeno tan común a todos los seres humanos que, aunque voy analizarlo en quienes más me interesan ahora mismo, el alumnado sobre el que ejerzo la docencia, lo que a continuación diga respecto a ellos y ellas -los otros- podría ser también predicable de mí mismo. ¿De qué sentimiento hablas? podría preguntarse, impaciente, mi amable lector. Del miedo, en el más amplio espectro de esta espectral palabra, y de su perversa capacidad para paralizar nuestros sentimientos, nuestras sueños, nuestros proyectos e iniciativas hasta el punto de convertirnos en sepultureros de la ilusión.
Esta angustiosa introspección arranca de una experiencia profesional vivida este curso y que, como se infiere fácilmente, tiene que ver con mi oficio: que no es otro que oficiar en esa misteriosa liturgia del aprendizaje. ¿Acaso he omitido señalar que soy docente? Creo que no. Dejo pues los preámbulos y paso al meollo de la cuestión.
Mi centro educativo se ha embarcado este año en un interesante y ambicioso proyecto para dinamizar la vida cultural del mismo a través de su biblioteca pues este organismo, además de custodiar y prestar libros, aspira a ofertar múltiples propuestas de participación a través de iniciativas de muy diferente índole. La labor realizada es satisfactoria, sin embargo, los niveles de participación entre el alumnado son todavía bajos. Es más, algunas de las actividades han quedado reducidas solo a su formulación puesto que los potenciales clientes no aparecieron. Me pregunto por qué.
Desde luego no existe una sola causa que explique semejante indiferencia y con algunas de ellas, por irrevocables, nada se puede hacer. Me refiero al desinterés o, simplemente, a que la esfera de intereses del personal esté en otros campos como el deporte, los videojuegos o lo que sea. Por lo tanto, respecto a esos factores, como no podemos modificarlos, nada diré. Sin embargo, lo que sí me preocupa, y mucho, es la parálisis que a menudo experimentan quienes queriendo involucrarse desisten al final por timidez, vergüenza o, por parafrasear al teórico de la psicología humanista, Erich Fromm, por ese miedo a la libertad (libertad creadora y creativa) que a veces nos impide tomar decisiones que suponen una ruptura con la anodina uniformidad.
Quisiera por ello animar a todos los alumnos y alumnas de nuestro centro para que pierdan ese temor, tan profundamente enraizado y que todos llevamos dentro, a ejercer la creatividad. No seamos nosotros los más severos jueces para nosotros mismos ni condenemos con frustrante rapidez nuestras emociones al silencio perpetuo. Muy por el contrario, me gustaría predicar el mensaje que, en la misma perspectiva aquí expuesta, se desarrolla en este preciso vídeo. Disfrútalo y, sobre todo, atrévete.


1 comentario:

  1. Ojalá, estimado escritor, pudiera todo el mundo romper tan fácilmente con los miedos que los atan para no poder hacer lo que realmente quieren... ¿Cómo iban a hacerlo cuándo viven en una sociedad que juzga constantemente, que margina y marca a los que son diferentes o a los que hacen aquello que se "sale de la normalidad"? Dentro de una reflexión adulta y sesuda, en la que uno busca ontológicamente la felicidad propia, siendo íntegro y "libre" (con ese significado que nos muestras en tu artículo) es posible; pero, a esas edades (la de los jóvenes de colegios e institutos)... La resistencia a la presión social se vuelve casi imposible.

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